Confieso que…

rayo

Confieso que no quiero dejar jamás de disfrutar de una tormenta de verano.

Confieso que quiero seguir caminando bajo el agua, con la cara y las palmas mirando al cielo. Con la calma.

Debo confesar, sin rastro de maldad, que me reiré cada vez que un “adulto” me adelante corriendo porque no quiere mojarse.

Confieso que continuaré saltando en todos los charcos que encuentre. Vaya con zapatos, en chanclas o a pata pelá. Y lo haré aunque no sea una tormenta de verano.

Confieso que pararé el coche cada vez que sea necesario para ver como repiquetea el agua contra el asfalto. Y que bajaré la ventanilla para que me moje la cara. También sacaré la mano sólo para poder secármela en las piernas.

Confieso que la sonrisa me llegará a los ojos cada vez que la noche se haga día y que soltaré un grito siempre que vea un rayo abriéndose camino.

Confieso que seguiré hamaqueándome todas las tormentas que se dejen. Y que disfrutaré como el aire arroja pequeñas gotas sobre mí.

Confieso que bajaré a mi mar cada vez que sea posible para ver como las aguas se funden. Y cómo el Mediterráneo se revuelve y se transforma en el que a mí más me gusta: un mar chúcaro, como mi Pacífico.

También debo confesar que disfrutaré la ducha caliente post tormenta, con la ropa empapada amontonada en el suelo.

Confieso que el día que deje de disfrutar una tormenta de verano me sentiré más grande, más adulta… Menos yo.

Y es que tengo que confesar, sin lugar a dudas,  que es bajo una tormenta cuando más libre me siento. Y que sigo encogiendo los hombros cuando trona sobre mi cabeza.

Confieso que no quiero dejar jamás de disfrutar de una tormenta de verano.