Consejos vendo y para mí no tengo… A por el 2014

Fecha de balances. De propósitos. Dejé de hacerlos. Dejé de hacerlos cuando me di cuenta de que poco importa lo que queramos si no está en nuestras manos conseguirlo. Mi único propósito es ser feliz. El 31. El 5. El 25. Siempre. Eso sí está en mis manos.

Pero en estas fechas siempre me pongo ñoña. Mucho. Y cuando a tu alrededor pasan cosas que te traen recuerdos, más. Recuerdos tristes. De gente que ya no está. Y de la que no te pudiste despedir.

Por eso solo os puedo decir que aprovechéis a los que queréis. Que siempre les digáis cuánto los queréis y lo importantes que son para vosotros. No sólo para las fechas importantes. Siempre. Porque eso es lo único importante. Lo demás va y viene. Hay que priorizar. Siempre. Y aunque a veces en este mundo que cada vez gira más rápido nos cuesta verlo, lo único importante, son las personas. Las nuestras. Las que queremos. Las que nos quieren. Las que están ahí cuando la cosa está jodida. Las que están ahí cuando la cosa va de puta madre.

Eso me llevo del 2013. Personas. Momentos con esas personas. Y también momentos, que ni van a ser, ni serán.

Hoy brindaré por vosotros. Por mí. Por mis abuelos. Por Ricardo. Por Merche. Y por Melo. Por los de este lado del charco. Y por los del otro. Porque os quiero. Y quiero que el 2014 y el 15 y el 16 y todos, estén llenos de momentos maravillosos. Que juntos construyamos la vida que queremos tener. Ese, y no otro, es mi propósito para el 2014.

¡¡¡FELIZ 2014!!!
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Quiero un chico malo

Yo y mis regresiones. Me gustan los tíos que me deberían haber gustado con 20. 

Con barbita y tatuajes. De preferencia malotes. Y donde digo malotes, no digo que me haga sufrir o me trate como una mierda. Me refiero a esos tíos con pinta de malo malote. Sabéis perfectamente cuál. Ese que jamás jamás una madre querría para su hija. Ese que tiene pinta de ir en moto, mascar tabaco y cantar o tocar en un grupo. O de ser tatuador. Y tan chulo, que se tatúa él mismo. 

Ese tío al que le harías todo, menos el aseo

Ese que tiene la sangre tan caliente que va siempre sin camiseta paseando su cuerpazo –y sus tatuajes– por El Limbo. Y a pata pelá. Por supuesto, no usa jamás de los jamases camisa. No tiene. Ni mocasines. Zapatillas. O botas. Ni jerseys estilo PP con algún animal en el pecho. Ni calcetines blancos. Y es el rey de los vaqueros. Esos que se le sujetan en las caderas de ESA manera. Y chupa. Y gafas de sol todo el año. Y por dios, no usa más potingues que tú. Ni más cera.

Ese que toma cerveza, no clarita. Y whisky. A morro. Y come ají como si fueran pipas, porque no le pica. Y si le pica, se calla. Es ese tío que, en estricto rigor, no está bueno. Pero da igual. No le hace falta.

Ese tío que debajo de la barbita, que no barba, tiene cara de vicio. Ese tío que sólo con mirarlo, sabes con una certeza arrolladora, que echa unos polvos de escándalo. De los de agujetas. De los de pedir la hora para tomar aire… Y que no te deje. Y así, toda la noche. 
Ese que te arrinconaría en el baño de un bar, sin importarle nada más que lo que tiene entre manos… O sea, tú.

Soy el Grinch de El Limbo

Soy el Grinch de El Limbo. Lo sé. No me gusta la Navidad. Antes me gustaba. La última navidad que disfruté fue la de 2009. Hace ya. Ahora lo único que me gusta son las maravillas que cocina mi prima/tía/madre. Y no. No nos ponemos las botas a mariscadas ni tiramos la casa por la ventana. Cena tradicional catalana. Galets, pato, canelones. Bebemos cava, como siempre. No ponemos árbol. Ni adornos. No nos gusta. Para ella también su última navidad fue la de 2009. Mi primo/hermano se esfuerza. Algún año hemos hecho cagar al tió. Pero por él. Porque le hace ilusión. 

No os voy a hablar del asco desmesurado que me da el consumismo en estas fechas. 

No os voy a hablar del pastizal que se deja la gente comprando mariscos, como si no hubiera mañana. 

No os voy a hablar de la pena negra que me da que haya niños que no tengan tiempo de jugar con los tantísimos juguetes que les regalan. Y otros, nada. 

No os voy a hablar del simulacro de paz y amor que empieza a principios de diciembre y acaba cuando empieza la locura de las rebajas. 

No os voy a hablar de la gente que se pasa la puta nochebuena en la calle, solos y con frío. 

No os voy a hablar de la falsedad y la hipocresía de estas fechas.

No os voy a hablar de los muchos que celebran esta fecha sin siquiera creer en lo que se recuerda. 


No os voy a hablar de la gente que esta noche va a misa y no pisa la iglesia en todo el año. Ni de la gente que tiene la caridad cristiana a la altura del betún.

Se supone que celebramos el nacimiento del hijo de dios. Ese que hablaba de compartir. Ese que hablaba de amar al prójimo. Ese que hablaba de paz y amor. Ese que decía dejar que los niños vengan a mí. 


No sería una navidad más consecuente si en lugar de comprar 20 regalos a un niño, le compráramos 5 y los otros 15 se los diéramos a niños que no tendrán ni uno? 

No sería una navidad más consecuente si practicáramos la paz y el amor los 365 días del año.


No sería una navidad más consecuente si, por ejemplo, invitáramos a alguien a compartir nuestra mesa.

Lo sé. Yo tampoco lo hago. No invito gente a mi mesa. Que por otro lado, tampoco es mía. No compro regalos a niños pobres. Pero tampoco a mis sobrinos. Pero me encantaría. 


Me encantaría poder comprar dos muñecas y darle una a la Flo y la otra a alguna niña que no vaya a recibir nada. Porque la navidad, es de los niños. Así me lo enseñaron de siempre. 


E intento tener presente la paz y el amor todo el año. Y no solo durante un mes y medio. E intento, a veces mucho, no ser hipócrita. No ponerle caras a nadie. Y decir siempre lo que me cruza. Por eso no me siento en la mesa de nadie que me caiga mal. Y menos, por aparentar. Y menos, felicitarle las fiestas y decirles que le deseo cosas que, en verdad, no les deseo. Tampoco es que les desee mal, pero no les deseo nada. Me la soplan. Y como me la soplan, pues eso.

A ver si conseguimos que el simulacro de paz y amor deje de ser un simulacro. Y sea más real. Más cierto. Menos consumista. Menos egoísta. Y más largo. Que dure todo el año. Ya veréis como somos más felices, todos.

Por cierto, Feliz Navidad

Quedarse a medias

Hoy estaba hablando con una amiga. Anoche se fue de cena y luego se supone que se iban de juerga, pero se quedó con las ganas, porque los acompañantes “estaban mayores” y tenían ganas de cama. No, no de follar, de dormir. Eso, es quedarse a medias. Salir con una idea y volver solo con la mitad.

Tenemos una edad de mierda en que no somos si jóvenes ni viejos. Tenemos una edad en la que no es tan raro quedarse a medias. Y toca joderse. Eso o rodearse de yogurines o viejos desfasados que se meten de todo para aguantar como lo hacían antes. Y no me refiero solo a la juerga.

El problema de los yogurines es también su principal ventaja… Su corta edad. El problema de los viejos desfasados es que seguramente en lo que es juerga no te quedarás a medias, pero en otras cosas, sí.

Y es que claro. Con la edad todo cae, no solo las tetas, listillos. Y claro si a la edad le sumamos las maravillas que os tienen saltando toda la noche, no hay dios que la levante. Por lo tanto toca, de nuevo, quedarse a medias.

Y es que la gran Camila lo resumió en los 140 caracteres del pajarito azul de manera brillante “Consejo práctico para éste y otros países; si va a calentar la sopa, tómesela. El resto es verso o paja, como prefiera usted llamarlo.”


Eso de calentar la sopa y no tomársela podía tener gracia con la inocencia de los 15. Con 34, tiene tanta gracia como meter los dedos en el enchufe. Además ya lo decían las abuelitas del mundo, con la comida no se juega. Así que si a usted, galán desfasado de porno casera, le gusta tomarse la sopa cuando se la calientan, a nosotras, también.