No te metas en mi vida. Por favor y gracias

Mi Mundo de Color
Cada día que pasa me pongo más mía. No me digas cómo vivir mi vida. Y menos, si no te he preguntado. No me digas cómo enfrentar o solucionar problemas. Si no pregunto es o porque no quiero saberlo o porque me la sopla cómo lo harías tú. Cuando necesito ayuda, la pido. No soy tan orgullosa. No tanto.
No me digas en qué usar mi tiempo libre. Es mío. Me lo he ganado. Lo usaré en lo que buenamente quiera. O pueda.
No me digas qué hacer con mi cuerpo. Ni con quién. Ni cómo. Ni dónde. Eso, también es mío.
Por favor, no me digas nunca qué sentir. Ni por quién. Nunca. En definitiva, no te metas en mi puta vida sin invitación. La palabra clave es MI. Es la mía.
Sólo dejo que la gente que quiero se meta. Y lo justito. Porque se lo han ganado.  Por aguantarme. Por soportarme. Y por quererme como soy. Pero por sobre todo porque respetan mis decisiones aunque no sean las que ellos hubiesen tomado.
Y es que esa gente que va dando lecciones de vida a 1 euro, no sabe qué hacer con la suya. Ni cómo. Ni con quién.
Yo sí. Tengo claro qué quiero de mi vida. Quiero sonreír. Cada día. Quiero pensar cada día cuando suena la música del despertador (sabéis qué suena? Jeje) que soy afortunada. Que puedo madrugar porque tengo un trabajo al que ir. Que soy afortunada porque veo como el sol me viene a dar los buenos días mientras viajo 2 horas hasta mi pega. Y veo el mar, a diario. Y fuentes iluminadas. Y cielos rosados cuando atardece.
Y sonrío. Con soplapolleces como esa. Me hacen feliz. Sencillamente porque estoy viva. Y entera. Tan entera que puedo disfrutar de esas pequeñas cosas.
Y por eso cuando tengo un mal día, al irme a la cama trato de recordar algún detalle que sé que de haber estado de mejor humor, me habría robado una sonrisa. Y sonrío. De verdad. Grande. Es lo único que no me quitarán jamás. La sonrisa. La que sale del alma. Y pienso usarla cada día. Y ofrecérsela a quien se me cruce por el camino. Es gratis. Y alegra el día. El mío y el de los demás. Me encanta sonreírle a la gente por la calle o en el tren y recibir una sonrisa de vuelta. Pero claro. Tú dices que no debería hacer eso.
Me encanta escuchar música y si canto y bailo por la calle o sentada, es porque me pone contenta. Me alegra. Pero claro. Tú me dices “no lo hagas, la gente mira”. Pues que miren. Y que disfruten. O que se lleven las manos a la cabeza. O que sigan con sus vidas. Yo seguiré con la mía. Sonriendo.
Así que la próxima vez que quieras decirme cómo vivir mi vida deberías preguntarte cómo estás viviendo la tuya. Si tienes tanto tiempo libre para opinar sobre la mía, igual es que algo falla.
Y es que ya cansa. Parece ser el nuevo deporte internacional. Enseñar a los demás a vivir la vida como ellos lo harían. Por qué no te dejas de lecciones teóricas y pasas a la práctica?
No me digas nunca qué hacer porque me tocará tanto los huevos que seguramente haga todo lo contrario. Así que métete el “deberías hacer…” y el “si yo fuera tú…” por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína. Gracias.
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10 Años de AutoExilio

10 años han pasado desde que llegara a España con una mochila que me sacaba medio metro hacia arriba. Ahora viajo con maleta, no con mochila. Pero la conservo. Como tantas otras cosas que no uso, pero que guardo con cariño como un recuerdo de todo lo que viví en estos 10 años. 
Llevo 10 años peleando por vivir en un país que no es el mío. Y hasta que no empecé a escribir la historia de mi abuela no me di cuenta de por qué. Por qué necesitaba tanto vivir en España. Y lo sigo necesitando. Tengo pánico de tener que volver a Chile habiendo fracasado. Una vez más. Pánico de no encontrar un puto trabajo que me permita seguir viviendo donde quiero. Un pánico tan intenso que hizo volver el insomnio que tanto me había costado desterrar. No se equivoquen. Me encanta Chile. Mi gente, nuestra comida, todo. Pero esto, me gusta más. Además, son muchos años. Llevo una década completa fuera de Chile. Casi un tercio de mi vida.
Y lo único que he aprendido en estos 10 años es que nunca jamás tenemos que esperar nada de nadie. De nadie. Somos los únicos interesados en nuestra vida y si queremos algo, tenemos que pelear por ello. Nadie nos lo va a traer. Aunque quiera. Jamás esperen una palabra de consuelo. Un favor. Una mano. Nada. La única mano amiga de verdad, es la que tenemos al final del brazo. Es la única que jamás nos dejará colgados. Es la única que por muchas pegas que encontremos en el camino, va a seguir estando ahí. Siempre. Mantenerla siempre en alto. La mano. Y la mirada. Jamás bajen los ojos ante nadie.
Saben eso de que el orgullo es malo. Una mierda! En su justa medida es perfecto. Y no dejen que nunca jamás nadie os lo quite. Nadie. Ni por amor. Ni por amistad. Ni por trabajo. No hablo de dignidad. Hablo de orgullo. A veces, la gente como yo, piensa que no ha logrado una mierda en la vida. Y visto de fuera puede tener razón. Y desde dentro, también. No tengo nada que no tuviera hace 10 años. Es más, tengo menos. Menos buenos amigos. Aunque antes tampoco lo eran antes, pero yo no lo sabía. Pero los que tengo, son los mejores. 
Tengo menos plata. Y menos trabajo. Pero tengo más yo. Y eso, señores, es más de lo que muchos pueden decir. Puedo decir sin miedo a equivocarme que puedo superar cualquier mierda que se me ponga por delante. Sola. Muertes. Divorcios. Puñaladas traperas. Paro ultra prolongado. Contar hasta la última chaucha para poder llegar a final de mes.
Y aunque no lo crean, se puede vivir echando de menos. Y echando de más. Sigue siendo lo más difícil. La tarea pendiente. No hay día que no me arrepienta de no haberme despedido de mi gente. O de no ver crecer a mis sobrinos. Esos que casi no me conocen y por los que me dejaría matar sin dudarlo. Mil veces si hace falta. Porque para amar con el alma no hace falta más que sentirlo. Y yo lo siento. Una vez me dijeron que el roce no hace el cariño, es más, a veces, el roce, mata el cariño. Y puede ser verdad. No lo sé. Aún tengo que darle un par de vueltas más al tema.
Y puedo no porque no tenga gente que me ayude. La tengo. Y jamás podré agradecer todo lo que han hecho por mí estos años. Sobre todo, los últimos. Siempre han estado ahí conmigo. Con una palabra. Con plata cuando se ha podido. Con amor. Sobre todo, con amor. Mucho amor. 
Pero es que en estos 10 años ha crecido en mí una fuerza que ni siquiera sabía que tenía. Una fuerza que me permite ponerme el mundo por montera. Que me permite, a pesar de todo, seguir intentándolo. Porque en 10 años más, quiero escribir uno que se llame “20 años de AutoExilio”. Y por supuesto, que ustedes lo vean. 
Una vez os dije que “lo fácil es darte cuenta de que no necesitas a nadie. Lo difícil, es vivir con ello.”


Estoy más contenta que nunca

Me parece que lo justo es compartir penas y alegrías. Y yo hoy soy todo alegría. Felicidad. Sonrisa. Estoy más contenta que nunca. No recuerdo una felicidad como la que siento ahora en el último año. Las ha habido buenísimas y algunas muy a la altura de esta, pero como esta, contadas con los dedos de una mano. Y me sobran dedos. 

Me ha pasado algo que no suele pasarme. Me he quedado sin palabras para intentar compartir con ustedes lo feliz que estoy. Así de claro. No tengo palabras para intentar explicaros lo que es llorar y reír de felicidad. Todo junto y al mismo tiempo. De respirar tranquila. De pensar que durante dos meses no tendré que agobiarme. Que podré tener fines de semana como la gente normal. Que perderé hermosas horas en un tren. Y qué ganas tengo de perderlas. De comer rápido en una cocina y de dejar la siesta para los sábados y los domingos. 



Así es señores y señoras, mañana empiezo a trabajar. 

Estoy más contenta que nunca