Trenes limbeños. Dos ¿desconocidos?

Los veo cada día. Siempre igual. Se suben al tren. Él camina por delante, ella, atrás. Ella se sienta en el sentido de la marcha y él, enfrente. Ella saca sus papeles para corregir, es profe y él, su libro. Tiene pinta de funcionario. De funcionario del Inem, para más señas. Y se da un aire a Toni Cantó.

Cada día les inventó una historia nueva. Un día son pareja, al otro vecinos y al siguiente, desconocidos que coinciden en el tren. 

Cada día. Uno enfrente del otro. Sin darse cuenta de que cada día coinciden. Pero ya lo sé yo. Yo, soy la única que se da cuenta de la coincidencia tremenda que es que cada día dos extraños se encuentren en el mismo lugar y hagan las mismas cosas un día tras otro. Sin mirarse. Sin verse. Sin tocarse. Sin intercambiar un buenos días ni con la mirada. Y así cada día.

A veces siento la necesidad de subir al tren un sábado para saber si también coinciden.

Para saber si comparten ese ignorarse mutuo también los fines de semana. Para saber si ella corrige cada día. Para saber si a él se le acaba el libro en algún momento. Siempre es el mismo. Hace semanas. 

Queda una estación. Él guarda el libro. Ella sigue corrigiendo. Como cada día. Con su boli verde. No se miran. No se hablan. Como cada día.

Ella empieza a guardar sus cosas. Él se pone la chaqueta. Se levanta. Ella sigue sentada. Él se gira para caminar hasta la puerta de salida y entonces y sólo entonces, ella se levanta y camina detrás de él. Bajan del tren y ya no los veo. 

Hasta el día siguiente. Como cada día. 
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¿A qué olemos los chilenos?

¿A qué olemos los chilenos?

Hoy me pasó algo rarísimo en el tercer tren del día. A una estación de bajarme, me da un ataque de bostezo y lo dejo expresarse libre y maleducadamente. Lo reconozco. Entono el mea culpa, que por eso, no soy político


La cosa es que la señora que va delante mío me mira y me sonríe. Os juro que no iba cantando. Ni hablado sola. Que podría ser. Las dos cosas. Pero no. No era. La cosa es que la señora me mira y me dice “erí chilena“.

Plop. Me caí de raja. Creo que es primera vez en 10 años que alguien me pregunta si soy de Chile sin siquiera escucharme hablar. De hecho, cuando me escuchan hablar me preguntan, casi siempre, si soy canaria. O andaluza. Hasta argentina alguna vez. Nunca chilena a la primera. Jamás. 

Esta señora no. Apuntó directo entre la cordillera de Los Andes y el Pacífico. Y es que ella también es chilena. 54 años y 40 en España. Hija de exiliados. Hablamos un rato. Sobre todo de porqué preferimos vivir aquí. Pero ese, es otro cuento. 

Pero lo que más me llama la atención y que no tuve tiempo de preguntarle es cómo chucha cacho que soy chilena. ¿Olemos distinto? ¿Olemos a pisco sour? ¿A cordillera? A qué chucha olemos los chilenos que nos reconocemos con la boca cerrada.

Alguna vez sí que me ha pasado de ver a uno en la cola del súper y pensar “ese weón es chileno”. O weona. Y cuando me acerco un poquito y oigo EL Chilenismo por excelencia (“weón“) y lo confirmo. Será que olemos distinto y entre nosotros nos reconocemos???
Y si es así, ¿por qué nadie me había “olido” antes? 

Por cierto… Los comentarios “chistosos” sobre a qué olemos los chilenos, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína. 

Renacer a placer

He nacido y renacido tantas veces que ya casi no recuerdo cuál es mi pueblo natal.

Sí, ya lo sé. Soy santiaguina. Pero me moló la frase. Y en cierta medida, no deja de ser real. 

No hace falta que me lo recuerden. Sé dónde me parieron.  Pero en cada pueblo, ciudad o villa que he vivido, he vuelto a nacer. En mayor o menor medida. ¿Podré tener un cumpleaños conmemorando todas las veces que he nacido? O tendré que elegir una y quedarme con esa? 

Lo que me preocupa de haber nacido tantas veces es que va a llegar un momento en que deje de ser yo, no? 
Me explico… Cuando renazco, no soy la que nació antes… Lo que quiere decir que cambié. Y si de tanto cambiar, mutar y renacer dejo de ser yo… ¿Quién voy a ser? Me podré quedar con el yo que más me guste o seguiré así hasta que no sea capaz de reconocerme ni yo misma…

Lo digo porque el yo de ahora, el que nació en El Limbo, me gusta. No todo el yo, obvio, pero sí su inmensa mayoría. Ya sabéis que aunque parezca perfecta, no lo soy. Siento desilucionaros… Pero no, no soy perfecta. Ni este yo ni los anteriores. Ni ganas. Pero este yo, me gusta y me lo quiero quedar.

Este yo hace cosas que jamás imaginaron los anteriores y que nos gustan. A este y a la memoria de los anteriores. Hace cosas que otros yos anteriores hicieron, pero más y mejor. Y sobre todo, este yo es más espabilado. Cuesta más pasarle gato por liebre. Aunque a veces este yo deja que le pasen gato por liebre. Pero porque le gusta. Y a veces es mejor hacer creer que te la están colando. 

Entonces… ¿Puedo elegir dejar de nacer o voy a vivir así hasta que la palme y deje de poder nacer?

El "maravilloso" mundo de las indirectas

Hacer diana – másquecomunicación
Generalmente cuando escribo, estoy pensando en alguien en particular. Por lo que ese alguien en particular, se podría dar por aludido. Es como una indirecta. O como lo llaman ahora en Twitter, una pseudo mención. Lo que no quiere decir que lo escriba para que nadie se piense que va por él. Pero en algo habrá que pensar mientras se escribe, no?
Pero lo gracioso es que es muy difícil que esa indirecta haga diana… Lo más seguro es que 200 personas se den por aludidas antes que quién debería.
Ejemplo. A veces, cuando cuelgo algo en el blog me llegan comentarios o mensajes -sobre todo mensajes- del palo “yo no te dije eso” o “yo no soy así”. Y la respuesta que me sale del alma es: “y quién chucha está hablado de ti?”
Porque a la gente le encanta creer que hablas de ellos. Les encanta pensar que no tienes nada más en la cabeza que sus existencias. También les encanta pensar que todo lo que escribo está “basado en hechos reales”. Nada más lejos de la realidad. O más cerca. Nunca os diré qué es real y qué, producto de mi imaginación 😉
Pero volvamos a las indirectas… No suelo usarlas. Porque creo firmemente que las cosas se dicen a la cara, para asegurarse de que el receptor, la recibe. Excepciones puntuales hay… Obvio. Como “A la Mierda“. Pero ese, hizo diana. En todo el centro. Pero en ese caso particular, era la única manera que tenía de mandar a la mierda. O así lo sentía yo en ese momento. Así de claro.
Pero para todo lo demás, suelo usar el “cara a cara” de toda la vida. Pero esta vez también me llegaron mensajes preguntando “te hice algo?”
Tan sucias tenéis las conciencias que pensáis que todo lo que digo va por vosotros? Dormís bien por las noches? Porque yo no me doy por aludida con nada. Lo digo por si sois de pseudo mencionarme… O mandarme indirectas… No las pillo. No hacen diana conmigo, lo siento. Tengo la cabeza tan ocupada con vivir en la puta parra que esas cosas se le pasan por alto… Por eso nunca me ofendo. A mí, las cosas a la cara. Directas. Las demás, van a ir a hacer diana en 200 personas que no eran objetivo.
Así que ya saben, las indirectas o pseudo menciones o como las quieran llamar, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína.

Sentirse Viva

Hay días en los que necesitas sentirte vivo. Generalmente son esos días en los que los problemas te pueden. Esos días en los que eres consciente de lo corta y puta que es la vida. Esos días en los que te das cuenta de en cualquier momento la pantalla se va a negro y aparece “Game Over”.
Y necesitas sentirte vivo. Sentir cómo la sangre corre por tus venas. Y cómo tu corazón la bombea. Sentir cada centímetro de tu cuerpo y saber que está. Que es tuyo. Y que está vivo. Y tú, también.
Supongo que cada cual tendrá su manera de sentirse vivo, que para gustos, los colores.
Yo también tengo la mía. Hace un tiempo. Apareció casi a la par que El Limbo y, de momento, me funciona de maravilla. No sólo me recuerda que estoy viva sino que también me hace ver que, cuando quiero, no tengo más límites que los que yo me quiera poner. Porque hay ocasiones en las que necesitas no tener límites. Ninguno. Y necesitas más. Mucho más. Porque cada vez te gusta más. Y porque cada vez, te sientes más viva.
Y es que a eso hemos venido. A vivir. A sentir. Y a reventar todos aquellos límites que durante años, nos ataron. Porque los límites, señoras y señores, en algunas ocasiones, van por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína.

¡A LA MIERDA!

Poco se habla de lo relajante que es escribir de mala hostia. Demasiado poco.

Es una gran manera de desahogarse y de sacarlo todo fuera. Dicho esto, tengo una pregunta… 

A algunos de vosotros… Os han mandado poco a la mierda, no? Pero poco poco. Sobre todo considerando que os lo merecéis. No todos claro. Al que le quepa el puto poncho, que se lo ponga.


Esto es como darle un cachete a un niño. Seguro que después del cachete (correctivo, donde los haya) el niño aprende. Y una mandada a la mierda es lo mismo. Seguro que si os mandaran alguna vez a la mierda, habría cosas que no repetiríais. Os preocuparíais un poco más por los imbéciles que nos preocupamos por vosotros. Tanto nos preocupamos que no os mandamos a la mierda cuando deberíamos para que fuerais conscientes de que estáis siendo unos gilipollas de manual.

Y es que hay mandadas a la mierda, que son con cariño. Mandadas a la mierda para que os deis cuenta. En fin.

Me voy a hamaquear una birra a la salú de la mandada a la mierda que tengo atravesada.