Me enfermé de pena

Así y ahí te recordaré siempre
Cuando era chica me enfermaba más que ahora. Una vez, me pillé el sarampión -según dice mi mamá, muy fuerte- deliraba y mi hermano me cuidaba y me ponía paños en la frente.

Cuando estaba buena, nos tirábamos los trastos a la cabeza, como todos los hermanos. Pero cuando estaba enfermita, él ayudaba a mi mama a cuidarme (gracias, Cabezón). 


En algún punto de mi vida, dejé de ponerme mala. Y de tener fiebre. No recuerdo cuando fue la última vez que tuve fiebre, pero me atrevería decir que por lo menos, 14 o 15 años atrás. Cuando estoy sana y me pongo el termómetro, marca 35. Nunca pasa de 36.  

Os preguntaréis por qué os cuento esto. Os lo cuento porque este domingo amanecí enferma. Con amigdalitis purulenta. Y fiebre. Y una pena negra que se comía mi corazón. El día anterior me había enterado de que mi tío Jorge había muerto. No del cáncer que sufría, si no de un puto aneurisma. Me quedé sin aire. Sentía que se me iba la vida. Estaba sola en mi casa mientras mi familia se preparaba para despedir a Jorge para siempre, a 14 mil kilómetros de distancia. No podía respirar. No podía creer que la próxima vez que fuera a Chile no iba a ver a Jorge. No podía creer que no lo iba a ver nunca más. Teníamos planes. Quería venir a verme. Era difícil, pero soñar era gratis. 

No os voy a decir que era el hombre más bueno del planeta, porque tuvo sus cosas. Pero sí que fue el hombre más bueno que supo ser. Y supo mucho. Y muy bien. Tuvo una vida difícil. Y cuando estaba feliz, viviendo donde quería y haciendo lo que le gustaba, lo golpeó el cáncer. Nos golpeó a todos. Pero supo enfrentarlo con una sonrisa. Y vencerlo. También con una sonrisa. O por lo menos una sonrisa fue lo que siempre me ofreció a mí. Una talla. Una broma. Una llamada mientras estaba en el hospital haciéndose la químio. Pero ya no está. No más llamadas. Ni WhatsApps. Ni salmón ahumado pescado por él. Ni rafting. Tampoco me podrá enseñar a conducir la moto que se había comprado. Ni aconsejarme que tenga cuidado con los “chavales españoles”. Ni decirme “te quiero n”.


Sé que en Chile lo despidieron como se merecía. Con mucha gente que lo quería. Yo no estaba. Otra vez. Pero lo despedí como pude. De la única manera que supe. Me fui a mi playa a la misma hora y me senté cerca de los pescadores. Y los vi pescar. Los vi tirar sus cañas al agua, como tantísimas veces hizo él. Su pasión. 

Tu gran pasión. Tú no has podido venir, pero una de tus moscas viajará en los próximos días a El Limbo y se quedará conmigo. Para siempre. 


Desde que sé que ya no estás es como si no habitará este cuerpo que tanto me duele. No sabía que tener fiebre podía hacer doler hasta el pelo. No me acordaba. Y a pesar del dolor físico que tengo, desde que te fuiste, es como si yo no estuviera. No me quedan lágrimas y no consigo sentirme viva. Ni bien. Ni que baje la fiebre. Y es que me enfermé de la pena. De la puta pena que me da saber que jamás te volveré a abrazar. 
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El "no tengo tiempo" por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína

Adictamente

Creo que la frase que más me molesta es: “no tengo tiempo“, como respuesta o excusa para estar ausente. Me pasan dos cosas. La primera, es que me doy cuenta de que no soy lo suficientemente importante como para que esa persona me dedique algo de su tiempo. La segunda, es que esa persona se piensa que yo no tengo nada mejor que hacer y por eso sí tengo tiempo para dedicarle. Siempre. Cuando quiera. 


Porque encima, esa persona que nunca tiene tiempo será de aquellas que te recrimine cuando tú no tengas tiempo para ellos. Porque en el fondo, tu tiempo es menos importante

Yo sé que, últimamente, tengo poco tiempo. Y el que tengo libre, pues quiero playear. Sí. Estoy enferma. Lo sé. Pero a pesar de eso, siempre intento estar presente y dedicarle tiempo a los que quiero. A los que me importan. Y a los que me lo piden, de una manera u otra. 

Pero es que las personas se piensan que los que vivimos solos, nadamos en tiempo. Nos sobra. Claro, no hay hijos ni parejas que atender y sólo estás fuera de casa 11 horas al día, 5 días a la semana. Y eso, es un día de suerte en el trabajo. Y el resto, pues lo puedes repartir perfectamente entre esas personas que reclaman parte de tu tiempo como si fuera propio. Cuando el tiempo que te dedican a ti, es que el les sobra. Es el tiempo que tienen cuando se dan cuenta de que están aburridos y no tienen nada mejor que hacer. 

Pues no señores. Nosotros también tenemos más cosas que hacer, además de trabajar y regalar nuestro tiempo. 

Entonces ante un “no tengo tiempo” yo prefiero un “no me apetece“, “no quiero” o “tengo algo mejor que hacer“. Más sincero. Más verdad. Menos mentira. Menos falso. Y por eso, estoy aprendiendo a usarlo. A decir “NO ME APETECE”.  Lo malo es que a la gente, le sienta mal. A la gente le sienta mal que seas sincero y le digas las cosas como son. Y ante un “no quiero” te sueltan un “qué borde eres”. No, hijo, no. No soy borde. Borde sería si dijera “joder que cansinez de persona, vete a la mierda“. Eso, es ser borde. Lo otro sencillamente es verdad. No me tiene porque apetecer lo mismo que a los demás en el mismo momento. Y se supone que lo mejor es ir con la verdad por delante, no? 

Y ese es el problema. El problema es que todavía creemos que las verdades duelen. No. Las verdades no duelen. Lo que puede doler, es cómo se suelten esas verdades. Cómo se digan. La forma, que no el fondo. 

Así que, señoras y señores… El “no tengo tiempo” por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína, porque cuando se quiere de verdad, siempre hay tiempo.

Dormir mal por tener buenos sueños…

Marta Trotamundos
Dormir mal por tener buenos sueños… Y la que dice buenos, dice tremendos sueños… Pero… Cómo se come eso?

Te acuestas pronto. Cansada, pero sin una gota de sueño. Como cada lunes. Los ojos como platos. Pero cansada de la playa y del sol. Y de la casa. Naaaaa. De la playa y del sol, las cosas como son.

Pero te acuestas igual porque hay que dormir. Y este cuerpo serrano, necesita descansar, aunque no duerma. Y comienzas a dar vueltas en la cama. Afuera no es de día, pero aún hay luz. Bajas la persiana más. Te peleas con un mosquito imaginario. Das más vueltas. Al final, haces deporte y todo… Cuando por fin… Te duermes. 

Y llegas al reino de Morfeo. De su mano. Pero este señor es tan cabrón y está tan hasta las narices de tener la casa llena de weones durmiendo, que manda sueños. Que te despiertan. Y sí, dije sueños. No pesadillas. Soy tan pava que tengo buenos sueños, buenísimos. De esos que dan ganas de dormir 10 horas seguidas para seguir soñando lo mismo. Pero yo soy tan pava, que me despierto. Y no contenta con interrumpir mi sueño, me cuesta volver a dormir. Y empieza el show de nuevo. Persiana. Mosquito. Ejercicio. Vueltas. Y duermes.

Y sí. Retomo el sueño más o donde lo había dejado. Y es igual de bueno. Y me vuelvo a despertar. Y así hasta que la última vez, coincide con el despertador. Y ya no puedo ni seguir con el sueño ni intentar descansar. 

Pero lo peor no es eso. Lo peor es que he descubierto que si sigo unas “pautas” antes de irme a la cama, sueño más o menos lo que quiero. Y como soy una masoquista emocional y una loca de mierda, repito las pautas para caer en el círculo vicioso de dormir mal por tener buenos sueños… Y a pesar de las ojeras, mola. 

Límites

Manténgase dentro de los límites… O no

Os habéis preguntado alguna vez cuáles son vuestros límites? Cuál es esa raya que no pasaríais? Si? Muchas veces? Tenéis muchos límites? Y en que los basáis? De qué dependen? 

Y la pregunta más importante… Sois felices? 

Hay muchas cosas que no haríais? Y por plata? Y por placer? Y por (com)placer?
Llevo un tiempo que me planteo cuáles son mis límites. Cuál es esa línea que jamás cruzaría. 

Y cuando lo tengo claro, voy y la cruzo. Así que la muevo un poco más allá. Y pienso “hasta ahí”. Y sigo viviendo. Sabiendo que esos son mis límites. Y disfrutando. Gozando con haber descubierto que si pasaba ese límite, no pasaba nada malo. La tierra no se abre. No me traga. No se abre el cielo ni aparecen sombras para arrastrarme a lo oscuro. 

Y pienso por qué tenía esos límites. Y siempre llego a la conclusión de que son límites morales impuestos por la sociedad en la que me crié. Impuestos por mis propios prejuicios de lo que creo que es correcto. Y lo que es incorrecto. Y quién nos dicta eso? Y por qué mis límites deberían ser los mismos que los tuyos si tenemos gustos distintos. Y vidas distintas. Y creencias distintas. 

Y cuando estoy en todo ese mambo mental, vuelvo a pasar un límite. Vuelvo a cruzar esa raya mental que había dicho que no cruzaría. Y sigue sin pasar nada. Sigue sin parecerme malo. Y pienso que los límites, nos los ponemos por el simple placer de cruzarlos. De pasarlos. De reventarlos y disfrutarlos. Porque cuando pasas ese límite, parece que lo que haces es malo. Y no nos engañemos, hacer cosas “malas”, mola. A mí por lo menos. 

Así que cada vez que cruzo uno, pongo otro, pero bien cerca. Así, cruzar esa raya estará más cerca. Y el placer de cruzarla, también. 

Y lo digo convencida. Nos ponemos límites por el simple placer de cruzarlos. ¿O sólo soy yo?

Quizás si dijera eso de “los límites por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína” y dejara de tenerlos, no sería tan placentero cruzarlo. 

Ahora el problema que tengo es que no sé si estoy desvariando, si se me subió la cerveza o si el meneo de la hamaca me está meneando las neuronas…