Y con ustedes… SpiderIndi

Bueno. Ya he dado en El Limbo el espectáculo que me faltaba. Esta mañana al salir de casa me di cuenta de que había dejado las llaves dentro. Los únicos dos juegos que hay del piso. Dentro. Ventaja? La reja de la terraza está abierta.
Perfecto. Eso me aseguraba que el día, a peor, no podía ir. Optimismo ante todo.
Como la curranta que soy me fui a trabajar y decidí que ya me ocuparía de ese problema cuando tuviera que entrar de nuevo a casa. Por eso de cruzar ese puente cuando se presente. Mi idea era acudir a la Mary, la vecina de abajo y de las pocas que viven aquí. Pero claro, como mañana es la Diada pensé que lo mismo se había pirado de puente. Cerrajero? 100 pavos? Una mierda.
 
Me pasé todo el día repitiendo el mantra “que no se haya ido, que no se haya ido”. 
18 horas. Salir del curro. Coger el tren. Llegar a casa y llamar al telefonillo. Explicarse. Que te miren con cara de “está tía vive en El Limbo”. Claro, la Mary no tiene ni idea de que ustedes conocen nuestro pequeño refugio como El Limbo y no por su nombre.

Encaramarse a una mesa. Intentar trepar. Los vaqueros, estorban. Es lo que tiene que sean ajustados. Quitarse los vaqueros. Intentarlo de nuevo. Auparse. A fuerza de brazos. Poner las patas por encima de la barandilla, mientras los Bichos me miran desde dentro, acojonaos perdíos. Y conseguirlo. 

Comprobar con sonrisa de satisfacción que mi elasticidad es tremenda. Y que la fuerza de mis brazos, también. Y que la falta de hierro no me impide treparme en bragas por la terraza. Eso si, aún tengo a Azrael y a Argón con pre infarto al verme aparecer entre las plantas de la terraza. Y seguro que a algún VeciYayo, también. Ya sabéis, por eso de ir too buenorra en tirantes, bragas y descalza. Bueno, ya lo sabéis, no tengo abuela 😉 

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Mi vida no tiene puertas giratorias. No insista

Hay gente que se piensa que tu vida tiene puertas en plan taberna del oeste y que puede entrar y salir de ella cuando quiere. Dando una patata. Se van, la cagan, se dan cuenta e intentan volver. Como un elefante en una cacharrería. Pero vamos a ver. Si te fuiste sin avisar, qué narices te hace pensar que quiero que vuelvas. Y más así. Si vuelves, toca la puerta y pregunta si se puede. 

Somos unos maleducados emocionales. Sí, sí, dije somos. Entramos y salimos de la vida de la gente a placer. Salimos a la francesa y volvemos como si fuera una puta puerta giratoria. Y tenemos los huevos de exigir que todo sea como antes de desaparecer sin decir adiós. 

Y hablo de amistad. De parejas. De familiares. De todo. Que ya nos conocemos y tengo claro por qué derroteros van vuestros pensamientos. Y no. Eso no es. Que para volver, aunque sea abriendo la puerta de una patada, hay que tener huevos. Y tampoco.
Bueno… Huevos y mala educación emocional, ya os lo dije.
Pero el problema no es del que patea la puerta. Por intentarlo que no quede. El problema es de quienes nos dejamos patear la puerta. Somos tarados. Muy. Yo a partir de ahora lo que voy a hacer es poner una plancha de metal detrás de la puerta. Ya veréis qué risas cuando den la patada… Y reboten.
Así que ya sabéis. Las patadas a la puerta y lo de irse a la francesa, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína. 

El olor de mi cajón

Tengo un cajón que casi nunca abro. No por nada. Pero ahí guardo cosas que uso poco. Tiene un olor especial. Es el único rincón de mi casa que huele así. Y del mundo. Y huele así porque un día metí ahí algo que me regalaron y que no sabía dónde guardar para que los Bichos no lo rompieran.
 
Y de tanto en tanto, como hoy, me toca abrir ese cajón. Y su olor se esparce por todo el salón y me transporta. Me trae recuerdos. Y sonrío. De medio lado. No os puedo explicar a qué huele. Huele a buenos momentos. A risas. A mojado. A ciudad. A cervezas. 

Y es que a veces prestamos poca atención a los olores. Nos quedamos con los malos. Yo me quedo con los buenos. Con esos que me llevan a lugares de mi mente que me hacen sonreír. Pasto mojado. El olor de una tormenta en el aire. Pan recién hecho con mantequilla. Chocolate, cómo no. Sábanas recién puestas. 
Y por supuesto… El olor de mi cajón.