La familia del emigrante solitario


Me voy a tomar la libertad de hablar en nombre de los emigrantes. De todos. De cualquier nacionalidad, color, sexo y edad. Bueno, casi de todos. Me voy a tomar la libertad de hablar por aquellos que hemos emigrado solos. Sin familia. Porque quiero. Porque así lo siento. Porque creo que no se pueden sentir muy distinto de cómo lo hago yo.

Creo que a ellos también les debe resultar difícil explicar qué es la familia. Porque la familia de un emigrante solitario es distinta. Es más grande que la más grande de las familias. Porque a su propia familia va ajuntando a aquellos que va encontrado en el camino. A aquellos que encontró en el camino y le dieron eso que tenía tan lejos. Aquello que le falta y que echa de menos cada día. Al principio es cariño, luego amistad y, finalmente, la familia del emigrante, se agranda. Se siente cómo la familia se agranda. Por señores de 70 años. O señoras de 50. O alguno que tiene un par de años menos que tú. Y crece.
Porque esa gente es con la que compartes tu vida. Con o sin lazos sanguíneos. Esa gente es con la que celebras las fiestas de fin de año, sus cumpleaños o los tuyos. Esa gente es con la que compartes una copa de cava, una partida de cartas o un café. Las tristezas y las alegrías. Consejos. Cigarros. Fiestas. Y ahora tienes dos familias. Una a cada lado del charco. Y juntas, hacen un familión. Con un montón de tíos. Y cada uno de ellos va dejando algo en ti. Y tú en ellos, o eso espero.

Y así, juntos, revueltos, riendo o llorando durante casi 11 años.
Y como es ley de vida, algún miembro de tu gran familia se va. Y sea al lado del charco que sea, es una mierda. Porque aparte de la puta pena negra que cargas encima, se suma la distancia, en un caso. En el otro, a la pena se suma la frustración. El intentar explicarle a alguien de familia “normal”, quién ha muerto. ¿Un amigo de 80 años? ¿Un tío? ¿Un tío abuelo? ¿Un amigo de la familia de la prima de mi padre? Porque encima siempre os cuesta entender que los emigrantes solitarios podemos tener familia y pueblo allá donde llegamos. Pero qué más da. Lo único que realmente importa es que un pedacito de tu familia ya no está. Ni va a estar. Y vas al tanatorio, a despedirte. A darle las gracias. A desearle buen viaje. Y salvo un par de miembros de LA familia, nadie entiende que esta chilena derrame lágrimas de pena por un catalán de casi 80 años que ya no está.
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Los “así es la vida” o “todo pasa por algo", por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína

Estoy en uno de esos putos días en los que no me aguanto ni yo. Qué coño. Estoy en varios días en los que no me aguanto ni yo. Lo peor es que lo pago con gente que aprecio. Y no, no es la regla (¡Mamones!)

Y sé perfectamente por qué estoy de ese humor, pero el problema es que no lo entiendo. Y odio no entender. Odio no comprender las cosas. Odio no ser capaz de encontrar una respuesta lógica a las cosas que me suceden. Porque los “así es la vida” o “todo pasa por algo” o más pijadas chorras de esas, no me valen. No creo ni en vuestro dios ni en el destino, por lo tanto, no me valen. Así que ya sabéis… Los
“así es la vida” o “todo pasa por algo”, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína

Creo firmemente que las cosas que nos suceden son el resultado directo de algo que hemos hecho. O que hemos dejado de hacer. Por lo tanto, si algo me sale mal o me revienta en la cara, es porque en algún punto del camino, yo la cagué. No hay más. Para esto sí que soy negro y blanco. No hay grises. Lo que pasa en mi vida depende de mí. De mi actuar. De mis acciones. No de las del vecino, no del destino y ciertamente, no de lo que algún dios (muy hijoputa, por cierto) haya elegido para mí.

Por lo tanto, si estoy de mala leche y enojada y triste, es por mí. Porque en algún punto la cagué. El problema es que sé ni dónde ni cómo. Y por mucho que miro atrás, no lo veo. Pero mientras más lo miro, más me enervo. Más me jode. Más me entristece. Y menos respuestas encuentro. Porque existimos algunas personas que las necesitamos. No me gusta traspasar mis culpas a otros. No me gusta confiarme en que la culpa no es mía. Porque eso es sólo pasarle el marrón a otro. Un marrón, que es mío. Eso solo vale para repetir. Para repetir errores. Para repetir patrones. Para cagarla. Para recagarla. Y es que debe ser que algunas personas hemos nacido para cagarla. Para ser lo que en mi familia se conoce como un Catrasca… Cagá tras cagá…

Por eso ahí está la gracia de tener respuestas a mis cagadas, para que en el futuro, pueda evitarlas. Y dejar de ser una Catrasca. Por eso son tan necesarias. Por eso llevo días comiéndome la olla intentando encontrar el punto donde la cagué y, como no lo encuentro, estoy triste y de mala leche.

Y estoy segura de que os preguntareis “y a mí qué coño me importa”. Pues nada. Tenéis razón, pero el blog es mío y escribo lo que quiero. Y escribo para desahogarme. Y para alejarme y ver si así, de lejos, encuentro las respuestas que busco. Pero la verdad, es que ni por esas. Y eso, es lo que más jode, que lamentablemente hay respuestas que no tendremos jamás.
 

Y sí. Me he quedao a gusto. Con la misma mala leche, pero a gusto…