Yo también me hice coleccionista


Y sin darme cuenta yo también me hice coleccionista. Algunos coleccionan sellos y otros, monedas. Algunos, como Neruda, coleccionaban mascarones de proa. Y le echan ganas. Buscan. Intercambian. Siguen y persiguen. Las atesoran. Limpian y cuidan.

Pero yo no. Yo, sin darme cuenta, me hice coleccionista. Pero no las busco. No las intercambio. Y no las persigo. Pero vienen a mí. Con más frecuencia de la que me gustaría. Así que las colecciono. No las atesoro, pero las guardo. Las guardo en mi cajón del olor. Al lado de eso que me regalaron y que huele tan bien. Guardo mi colección ahí, porque no sé dónde más la podría guardar. Es un cajón pequeño. Porque lo que colecciono cabe en un cajón. Aunque sea pequeño. Porque lo que he tenido que empezar a coleccionar, no ocupa sitio, no en el cajón. No en ese. Ni en ningún otro.

Porque yo, lo que colecciono son decepciones. Las tengo variadas y de múltiples colores. Os diría que de todos los sabores, pero os mentiría. El sabor es amargo, siempre. Con el tiempo, algunas salen del cajón. Salen porque dejan de ser decepciones para convertirse en recuerdos lejanos que dejan sitio a otras que vendrán. Porque vendrán. Siempre lo hacen. A veces de la mano de quién menos te lo esperas. Pero vienen. Y aunque tengas un cajón lleno y sepas que van a venir más, no te las esperas. Y cuando vienen a ocupar su sitio, se te queda cara de no saber de qué va el tema. Pero lo sabes. Lo sabes bien. Y lo sabes, porque tú también eres coleccionista.

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Solo tengo que insistir…

Solo tengo que insistir. Creo de verdad, de corazón, que solo tengo que insistir. Creo que solo tengo que insistir desde mucho antes de que Óscar de Garaje Jack le pusiera letra y música a mi mantra. Creo tan firmemente que solo tengo que insistir, que me lo he tatuado (un tatuaje muy chulo, por cierto) para que jamás se me olvide.
De hecho, creo que solo tengo que insistir desde hace tantos años, que ya suman más de diez. Porque creo que así y no de otra manera, es como se consiguen las cosas. Insistiendo. Creo que cuando tenemos la cara en la lona hay que levantarse de un salto y a luchar, a pelear.

 
 Pero hoy, solo me apetece bajar los brazos. Dejar que la cuenta atrás llegue a 10 y quedarme ahí, en la lona. Llevo tantos años insistiendo que creo que me he ganado la libertad de dejar de insistir. Unos días. Unas horas. Unas semanas. No lo sé. He llegado al punto en el que dejé de creer. Dejé de creer en la gente y sobre todo, dejé de creer en mí. Y eso, es lo peor. Pero es culpa mía. He confiado mucho, en mí y en la gente. A mis tiernos 35 años debería ser menos pelotuda.
En lo que sí sigo creyendo es que solo tengo que insistir, lo que pasa es que ahora, no encuentro las fuerzas que necesito para levantar la cara de la lona. No las encuentro porque estoy hasta la polla de levantarme una y otra vez. Estoy cansada de no tener un puto año de calma y de tranquilidad. Estoy cansada de ser un saco de optimismo que piensa siempre que todo está bien, que todo funciona. Porque no es así. Y si lo es, ahora mismo no soy capaz de verlo. Creo que lo único que me he ganado es el derecho a dejar caer los brazos. Unos días. Unas horas. Unas semanas. Lo que necesite. Lo que necesite para al final, cuando siga teniendo la cara en la lona, levantarme de un salto, y a luchar y a pelear.
Como siempre.
Porque
SOLO TENGO QUE INSISTIR…