Vivo tranquila y así quiero seguir

Vivo tranquila. Muy tranquila. Vivo en un pueblo pequeño en el que nadie se mete con nadie, pero que nos ayudamos si lo necesitamos y nos preocupamos por nuestros abuelos que viven solos, pero por sobre todo, vivimos tranquilos. Esa era la idea cuando busqué casa. Playa y tranquilidad. Venía de vivir toda la vida en capitales enormes. Venía de meses convulsos. Venía hasta la polla. Las cosas como son. Y en ese momento necesitaba lo que un pequeño pueblo me podía dar. Y lo sigo necesitando. Pensé que jamás me haría a ello, pero sí. Ya no podría vivir en una ciudad de nuevo. Ni puedo ni quiero.
No me meto con nadie. Mi casa dejó de parecer un hostal y ahora solo viene a mi casa quien yo quiero que venga. Ya no hago las cosas por cumplir con nadie, sólo conmigo. Por lo tanto a mi casa, solo viene gente que quiero. Gente en la que confío y con la que estoy a gusto. Y, sobre todo, gente que me respeta. Porque a mi casa no puedes venir a insultarme.
Y de esa misma manera, mi blog, es mi casa virtual. Y aunque yo me lo tome medio a guasa, no puedes venir a mi casa a insultarme. No puedes no por mí, porque a mí, me la bufa. No puedes por respeto a la gente que visita esa casa para pasar un buen rato. No puedes porque es mezquino y rastrero esconderse en el anonimato de las redes para soltar la bilis que llevas dentro. No puedes porque aunque no se note, estoy segura de que tus padres te habrán educado y se les caería la cara de vergüenza si supieran lo que haces.
No puedes venir a mi casa a insultarme porque crees que me conoces. Que sea una persona muy activa en las redes sociales no te hace conocerme. Que te puedan haber contado uno o dos cuentos sobre mí, tampoco. Básicamente porque si te crees que MI VIDA está en las redes sociales, además de cobarde, eres tonto. En las redes sociales está aquello que yo quiero que esté. Está esa parte de mi vida que me da igual compartir. El resto, me lo quedo. Me lo quedo para mí, para mis amigos y para mi familia. Y si tengo o no tengo pareja, si follo o dejo de follar, o si me hice lesbiana en el camino, es algo que no verás en las redes  sociales.
Y  vivo tranquila. Y, aunque sea algo imposible de comprender para una persona como tú, vivo feliz. Porque vivo cómo quiero, dónde quiero y con quién quiero. Porque hago lo que quiero y no molesto a nadie. Y de esa misma manera, exijo que no se me moleste. Exijo que se respete mi derecho a ser feliz como estime conveniente. Exijo respeto para mí y para los míos. Y lo exijo porque es lo que doy.
Así que, con toda la educación que me han dado mis padres, y no, no hablo de la que se paga (que también), hablo de la que te dan en casa, te pido que salgas de mi casa. Que salgas y que cierres la puerta por fuera. Que busques una afición distinta más provechosa que ir soltando tu amargura en mi casa. Lee, teje o hazte una paja. Lo que quieras, pero fuera de mi casa. Y por favor, no me contestes. Ni te voy a dar de comer de nuevo, ni te voy a contestar más. Tampoco quiero saber quién eres. Ni a que dedicas el tiempo libre. Con lo que sé, sé bastante. A más ver. SÉ FELIZ.
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Por favor, no me pidáis paciencia


No me gusta que me pidan paciencia. Por favor, no me pidáis paciencia. 

Con nada. La paciencia implica tiempo y, no sé si os habéis dado cuenta, pero de tiempo, no vamos sobrados.  Y no es una manera pesimista de ver la vida ni mucho  menos, es simplemente que quiero aprovecharla al máximo. Exprimir todo para que cuando se acabe el tiempo, no tener una lista de cosas que no hice. No tener una lista de cosas que quería hacer, pero que no hice porque debía tener paciencia. Porque tenía que esperar a que fuera el momento. Porque tenía que esperar a la persona correcta. Porque tenía que esperar que un puto unicornio azul volviera de no sé dónde a decirme que ahora sí que podía.

A la mierda. No quiero esperar. Por nada. Lo quiero todo y lo quiero ya. Más que nada por si mañana, no hay mañana. No quiero pasarme 60 horas a la semana trabajando. No. No quiero tener una cuenta de ahorros súper millonaria. No. Me vale con pagar mis cuentas y poder darme algún capricho. Me vale con llegar a casa, bajarme a la playa y tomarme una cerveza fría en la arena. O una caipiriña. O un lo que surja. No quiero una puta botella de Moët & Chandon en un sillón blanco más caro que mi coche.

No quiero llegar a (más) vieja, mirar atrás y arrepentirme de haberme sentado a esperar, porque entonces me daré cuenta de que ya no hay tiempo para hacerlo. Ni fuerzas ni cuerpo. Prefiero darme cuenta ahora y meter quinta. O sexta. Aprovechar todo lo que pueda. Y si me dejo algo sin hacer, que sea porque no quise. Que sea porque en el fondo, no tenía tantas ganas. Pero por favor, que no me deje algo por hacer porque tenía que esperar. No me gusta que me pidan paciencia. Por favor, no me pidáis paciencia.

No quiero ni saber la de cosas que me perdí por dudar. No quiero ni saber la de cosas que dejé pasar por mi lado por esperar a que fuera el momento. Y sabéis por qué. Porque nunca va a ser el puto momento adecuado de nada. Siempre va a haber algo. Siempre habrá una responsabilidad con la que cumplir, una pena que llorar, un trabajo que realizar. Pero no siempre habrá tiempo. Y cuando has perdido muchos años (y aquí, no quiero réplicas, porque eso, sólo lo sé yo), te das cuenta de que ES AHORA. Todo es ahora. Ahora es cuando hay que disfrutar. Ahora es cuando tenemos que hacer todo eso que queremos. Aunque nos hostiemos. Y si me hostio, pues que sea con una sonrisa en la cara. Si me hostio, que sea haciendo lo que quería. Porque la mejor manera de equivocarse, es disfrutando. La mejor manera de cagarla es haciéndolo y no pasarse 40 años pensando “y si”

No me gusta que me pidan paciencia. Por favor, no me pidáis paciencia. Si vosotros la queréis, es vuestra. Y como siempre, lo respetaré, pero en 20 años, cuando me vengáis a decir “debería haberlo hecho antes” os tendré que decir, con una sonrisa de mala puta en la cara “TE LO DIJE”, porque, señoras y señores, la paciencia, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína.