Bueno, pues molt bé, pues adiós

Desde el 20 de septiembre me han dicho muchas cosas. Me he encontrado unas cuantas y he visto otras pocas.

Como gente que apenas me conoce que me ha dicho que soy muy poco agradecida para ser española de adopción. Pero no preguntaron ni cómo ni por qué. Ni nada. Gente que ciertamente no estaba ahí hace 14 años y que claramente no está hoy.

Como gente que decía apreciarme y conocerme, pero creen que soy tan tonta, que se han tomado la libertad de decirme “esos catalanes independentistas a los que te has unido.” Así. Como si fuera una secta. Como si me hubieran lavado el cerebro. Como si no tuviera derecho a formarme mi propia opinión.

Como personas que sin saber si he sufrido discriminación o no, ni dónde ni a manos de quién, me dice que los catalanes son racistas y que me marginarán. Son las mismas a las que he visto defender a los fachas que camparon con violencia por Valencia o Barcelona. Seguramente ellos me invitarían a una birra. Ya.

Como gente que defendía las cargas del 1O y que ha callado cuando le he preguntado si estaría igual de bien si la cabeza abierta fuera la mía. O la de algún amigo. El que calla otorga.

He leído a conocidos defender a brazo partido la legalidad vigente. A esos mismos los he visto apagar las luces del coche y huir marcha atrás de un control policial. A algunos de esos los he visto comprar drogas. Y consumirlas. Y no, no hablo de maría. Pero se ve que la legalidad que hay que defender es solo aquella que les sale de los huevos.

También me he encontrado con gente que proclama el respeto por los que no piensan como ellos, pero que silencian o UF a las personas que no piensan como ellos. De esos tengo varios. Debe ser que está bien que pienses distinto, pero en la intimidad. Calladito y sin molestar. Sin que se note.

También me han mandado a mi país. Más de una vez. Pero los racistas no son ellos. Todo en orden. Todo dentro de su orden. De un orden que les ha dejado establecido uno que se murió, pero no se fue.

Os he visto vitorear la prisión sin fianza de los Jordis. Esos que están detenidos porque “dificultaron, sin llegar a impedirla, la labor de la comisión judicial.” Me voy a callar y no voy a deciros nada a aquellos que valientemente impedisteis, o intentasteis impedir, los desahucios. Ni a quienes los defendíais. Pero ellos también buscaban impedir la labor de la comisión judicial. ¿No?

Anuncios

A los del #APorEllos

A esos que enarbolan la bandera de España, algunas con el pollo. A esos que voz en cuello despiden a la policía militar que se dirige a Catalunya. A esos que gritan A por ellos. A esos. ¿Qué es exactamente lo que estáis pidiendo? ¿Golpes? ¿Disparos? ¿Encarcelamientos? ¿Todo?

Tanta violencia en tan pocas palabras. Tanto odio en tan pocas palabras.

Soy uno de Ellos. Quiero votar. Voy a votar. ¿A por mí? ¿A por mi vecina de 70 años que también va a votar? Me lo tomo como un ataque personal. Queréis que la policía venga a por mí por meter un sobre en una caja. Queréis que la policía, con armas, porras y un puto guanaco venga a por mí. Yo no. Yo deseo que viváis tranquilos. Y que nos dejéis vivir tranquilos. Porque no somos violentos. Porque no pedimos nada que no se haya hecho ya en otros países. Algunos lejanos. Otros cercanos.

No tengo porque aguantar, leer y sufrir con vuestra bilis. Con vuestro odio. Porque decís que queréis a Catalunya. Pero, para qué. ¿Para tener a por quién ir?

Voy a ir a votar. Espero conseguirlo. ¿Que si voy con miedo? Sí. Dais miedo. Me da miedo ir a votar y que me detengan. Me da miedo ir a votar y que haya una puta carga policial y nos peguen. Me da miedo que a un puto loco del A por ellos se le vaya la pinza y nos agreda. Me da miedo porque la historia nos ha enseñado qué hacéis con la gente que piensa distinto. Pero no os equivoquéis. No voy a dejar que vuestra campaña del terror cale hasta dónde queréis que lo haga. Voy a ir a votar igual. Y si me tengo que quedar ahí para asegurarme de que mis vecinos que quieren votar lo hagan, lo haré.

No dejes que el miedo sea tan grande que te impida seguir adelante.”

No he dejado de seguir a nadie por pensar distinto, porque creo en la diversidad y sé que es imposible que todos pensemos igual. Sé que nuestras experiencias de vida hacen que creamos una u otra cosa. Tampoco he “eliminado” a nadie de mis amistades por la misma razón.

Pero os voy a pedir un favor. No, os voy a exigir que si sois de los que quieren que vengan a por mí, salgáis de mis redes sociales. De todas. Os voy a pedir que si queréis que nos abran la cabeza, si queréis que nos detengan, si queréis que nos peguen o nos disparen, salgáis. Os lo voy a pedir si estáis achuchando a un cuerpo policial militarizado contra un pueblo desarmado.

Y no, no os gastéis. Don`t feed the troll es mi lema.

Las musas son muy putas

Las 9 musas

Ay las musas qué putas son. O los musos.

Hay veces que tienes ganas de escribir, pero miras el papel y quien dice papel dice pantalla, en blanco y nada. Y quieres, eh, porque tienes un montón de cosas que soltar, pero por más que lo intentas, no te sale. Y eso, son las musas. O los musos. Que son muy putas. O putos. Porque están ahí, las sientes y las notas, pero cuando las quieres despertar y sacar de su letargo, ellas se ponen a hibernar. Porque quieren y porque pueden. Y claro, como a ti también te gusta hacer lo que quieres, pues no insistes. Y las dejas. Porque son muy putas. O putos. Pero son unas putas traviesas. Juguetonas. Juguetones. Como los duendes que ayudaban al zapatero. Están ahí escondidas y trabajan y escriben mientras yo descanso. O lo intento. Digo que lo intento porque si las musas, o los musos, duermen dentro de mí y se despiertan cuando yo duermo, igual es que no duermo. ¿No? O sea, no sé si me explico, pero si parte de mí está despierta mientras yo se supone que estoy durmiendo, lo mismo es que no estoy durmiendo, no?

Y ahora, justo ahora, es cuando empezáis a pensar que se me terminó de ir la olla. Musas que inspiran mientras duermes. Y escriben por ti. JÁ.

Real como la vida misma. Y no, no es que sea bruja, aunque lo parezca… Y la verdad es que (no) siento  defraudar a algunas que prefieren creerlo. Pero esto nada tiene de brujería, aunque lo parezca. Todo siempre es más sencillo de lo que parece, menos anormal de lo que se quiere creer, más fácil de explicar y menos rebuscado. O eso quiero creer.

¿Cómo lo sé? Sencillo, como todo lo que parece que no lo es. Hoy cuando desperté por la mañana, sí a eso de las 4 de la mañana, tenía las notas del móvil abiertas y ahí se podía leer….

“hay personas, gente y gentuza.

gentuza es esa mancha negra que vemos por el rabillo del ojo

(…) ahí bien lejos pero localizada

(…) las personas lota amigos

(…) hablaremos” 

Si eso, textual de mi móvil, no lo he escrito yo, ni tengo constancia de haberlo hecho, tienen que haber sido las musas. O los musos. Las muy putas, que cuando tengo la hoja en blanco delante, desaparecen. Y cuando estoy durmiendo, me dejan cosas así. Y digo cosas porque no es la primera vez que pasa. Esperemos que no sea la última. Que son muy putas, pero yo les tengo cariño.

13 años del Desembarco

Algunos ya sabéis que en esta época del año me gusta parar y echar la vista atrás. Sólo la vista. Me pongo una copa de vino, música y leo lo que cada año escribo en esta fecha y me enciendo un cigarro. Y así estoy un rato, recorriendo el camino que he escrito en estos 13 años para luego mirar adelante y volver a escribir un poquito. Es una de esas cosas que se hacen tradición. Todo ayuda, el sabor del vino, el ronroneo de la manada y el humo del cigarro haciendo nubes…  La fecha… La nostalgia de mis Trocitos chilenos y la sonrisa por mis Trocitos españoles.

Pero aquí estoy. Sin copa de vino, sin música y trabajando. Recordando que ayer mi familia me hizo soplar las velas. Sin el ronroneo de la manada. Sin cigarro.

Bueno… La verdad es que llevo 22 días sin fumar. Sí, sí, lo que lee. Llevo 22 días sin  fumar. Venga. Aplausos. Ovación. El público de pie. Sí. Quédese con la copla de que he dejado de fumar y no mire mucho cómo me dejó el ojo ayer el (puto) mosquito…

Y ya. Nada más. A ver si os pensabais que soy una máquina a la que cada 6 de febrero le apetece escribir 😜

Qué sabrán…

Empiezo a estar un poco hasta las narices de la gente que se sube a un pedestal para desde lo alto escupirte a la cara un “tú no sabes” o un “tú no lo entiendes”. Y se suben, porque les gusta creer que las cosas que les pasan a ellos los demás no las han vivido, no las han pasado, no las han sufrido o no las han disfrutado. Y si lo han hecho,  menos. Ha costado menos, ha dolido menos, se ha disfrutado menos. Porque los ombliguistas disfrutan siendo los que más. Los que más todo. Los que más sufren, los que peor lo pasan, los que más sienten y padecen. Los con peor suerte. Los con mejor suerte. Los lo que sea, pero los que más intensamente viven, disfrutan o sufren.

Qué sabrán de lo que los demás han vivido. Qué sabrán de porqué no se ha vivido alguna experiencia en concreto. Qué sabrán de qué cicatrices o heridas abren con sus “tú no sabes” o “tú no lo entiendes”. Qué sabrán de cuántos dedos meten en una herida. O de en cuántas heridas meten sus competitivos dedos.

Da la sensación de que empezó una carrera en la que no quiero participar. No quiero ser la que más ha sufrido, ni la que menos. No quiero ser la que más sabe, ni la que menos. No quiero competir por ser la más afortunada ni la más desgraciada.

Seguid compitiendo vosotros, yo me bajo aquí.

Confieso que…

rayo

Confieso que no quiero dejar jamás de disfrutar de una tormenta de verano.

Confieso que quiero seguir caminando bajo el agua, con la cara y las palmas mirando al cielo. Con la calma.

Debo confesar, sin rastro de maldad, que me reiré cada vez que un “adulto” me adelante corriendo porque no quiere mojarse.

Confieso que continuaré saltando en todos los charcos que encuentre. Vaya con zapatos, en chanclas o a pata pelá. Y lo haré aunque no sea una tormenta de verano.

Confieso que pararé el coche cada vez que sea necesario para ver como repiquetea el agua contra el asfalto. Y que bajaré la ventanilla para que me moje la cara. También sacaré la mano sólo para poder secármela en las piernas.

Confieso que la sonrisa me llegará a los ojos cada vez que la noche se haga día y que soltaré un grito siempre que vea un rayo abriéndose camino.

Confieso que seguiré hamaqueándome todas las tormentas que se dejen. Y que disfrutaré como el aire arroja pequeñas gotas sobre mí.

Confieso que bajaré a mi mar cada vez que sea posible para ver como las aguas se funden. Y cómo el Mediterráneo se revuelve y se transforma en el que a mí más me gusta: un mar chúcaro, como mi Pacífico.

También debo confesar que disfrutaré la ducha caliente post tormenta, con la ropa empapada amontonada en el suelo.

Confieso que el día que deje de disfrutar una tormenta de verano me sentiré más grande, más adulta… Menos yo.

Y es que tengo que confesar, sin lugar a dudas,  que es bajo una tormenta cuando más libre me siento. Y que sigo encogiendo los hombros cuando trona sobre mi cabeza.

Confieso que no quiero dejar jamás de disfrutar de una tormenta de verano.

Sí. Es lo que hay. Y me encanta

yoSí. Soy impaciente. Mi pérdida más negra, esa que aún me duele, me enseñó que no HE DE dejar nada para más adelante. Porque quizás ese más adelante, nunca llegue. Porque quizás ese más adelante llegue, pero puede que no sea con las mismas personas. La vida me enseñó que el momento adecuado no existe y que es ahora. Siempre. Aunque no lo parezca. Es ahora, porque tal vez de tanto esperar el momento adecuado, se me pase por el lado sin saber que se ha pasado.

Sí. Soy cortoplacista. No me planifico. No me programo y no me organizo. Ya no. Porque la vida me enseñó que por muchos planes que hagas, cuando saltan por los aires, no puedes hacer nada para llevarlos a cabo. El tiempo me enseñó que la cuenta atrás no para y que tengo que aprovechar cada segundo siendo lo que quiero. Y como quiero. Yo. No tú. No él. No ellos. Yo.

Sí. Soy “informal”. Tengo 36 años y voy en vaqueros, zapatillas y uso calcetines de colores. De muchos. Siempre. O casi. Y me río de la gente que me dice que “ya no tengo edad”. Me río de la gente que juzga a los demás por lo que viste y calza y no por lo que es. Y lo que siente. Porque con los años aprendí que hay hijos de puta con traje y corbata. Con tacones y camisa. Y con rastas. Y con zapatillas. Y los tacones y el maquillaje los dejo para cuando quiero, no para cuando me lo dicen.

Sí. Soy de personalidad adictiva. Siempre quiero más de aquello que me gusta. Aunque sepa que no es bueno o sano. Si me gusta, lo quiero. Y quiero más. Mucho más. Por eso mismo, me prohíbo algunas cosas. Porque aprendí que si no me cuido yo, no lo hará nadie. Y también por eso mismo me permito otras que no me hacen daño. Por eso de disfrutar el ahora.

Sí. Soy pasota. Pero selectiva. Paso de las opiniones envenenadas. Paso de los consejos que no pedí a gente que no le pediría ni la hora. Paso de los que me dicen qué, cuándo, dónde y con quien. Paso de las malas vibras, del hijoputismo. Pero sobre todo, paso fuertecito del qué dirán.

Sí. Soy vaga. O eso dicen quienes no entienden que prefiero tener un trabajo que cuando salgo, se queda ahí y no se viene a casa conmigo. Porque decidí que quiero trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Porque sin duda, mi vocación no es ser periodista, sino escribir. Y escribir es algo que hago cada día. Por placer. Lo que no saben, es que en cada trabajo que he tenido, lo he dado todo, porque una cosa no quita la otra.

Sí. Soy borde. Porque aprendí que a algunas personas hay que ponerles límites y lamentablemente hay algunas personas que solo entienden a las malas. Porque cuando quieres ser educada y sutil, se piensan que pueden seguir intentando pasar tus límites. Y no. Mis límites los paso yo, cuando quiero y con quien quiero.

Sí. Es lo que hay. Y me encanta.