Prefiero callarme

cTRoIo2nHay veces, como ahora, que tengo absolutamente tanto que decir, que prefiero callarme.

Prefiero callarme, porque creo que no es el momento.

Prefiero callarme, porque no me gusta herir susceptibilidades. Aunque no lo parezca.

Prefiero callarme, porque a veces hay que dejar que la gente decida.

Prefiero callarme, porque sé que algunos apreciamos demasiado el silencio.

Prefiero callarme, porque algunos no están preparados para escuchar lo que les tengo que decir.

Prefiero callarme, porque espero el momento adecuado para decirlo, a pesar de que sé que jamás llegará.

Prefiero callarme, porque como dijo Shakespeare “es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

Prefiero callarme, porque sé que te gusto cuando callo.

Prefiero callarme, porque me gustas cuando callas.

Prefiero callarme, porque a veces, muy pocas, me quedo sin palabras.

Prefiero callarme, porque quiero que me calles.

Prefiero callarme, porque quiero escuchar lo que tienes que decir.

Prefiero callarme, porque “el silencio es el único amigo que jamás traiciona.”

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¿Retroceder nunca, rendirse jamás?

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Lo reconozco. Me pone nerviosa la gente que se toma su tiempo. Esa que va con la calma (mental). Que nunca hace nada sin antes haberle dado 500 vueltas al coco. Me ponen nerviosa. Y también me dan un poquito de pena. Qué triste debe ser no hacer nada de manera espontanea. Que pena no atreverse a dar un paso al frente sin tener claro que luego podrán dar otro y no será necesario retroceder. Creo que ese es el problema. A la gente le da miedo retroceder, como si eso fuera sinónimo de haber fallado. Pues yo he retrocedido muchas veces. Tantas o más de las que he fallado. Y joder sí he fallado. Tantas veces que no podría ni contarlas. Y ni ganas. Me costó darme cuenta, pero lo hice. A eso hemos venido. A equivocarnos y disfrutarlo. No creo que haya otra vida, por lo tanto quiero dar en esta todos los pasos adelante que me den la gana. ¿Qué hay que retroceder? Pues se retrocede. Con una puta sonrisa. Y con la lección aprendida, o no. Total, más adelante habrá nuevas oportunidades.

¿Para qué darle tantas vueltas? ¿Para que cuando por fin nos decidamos no tengamos el tiempo de disfrutarlo? O peor, no tengamos con quién. Lo siento, pero yo, me niego a dejar de ser espontánea. Me niego a comerme el coco. Me niego a buscarle pegas a todo. A analizarlo. A buscar los pros y los contras. Total, al final, no sirve de nada y lo que nos queda, es lo que hemos vivido, lo que nos hemos equivocado y lo que hemos disfrutado haciéndolo. Y ya. No hay más. Ni lo va a haber.

Y antes de que los puristas salten a mi yugular para decirme que hay cosas que se deben pensar, sí. Hay cosas que se deben pensar. Pero vosotros, premios Nobeles todos, estáis hablando de las cosas importantes de la vida. Yo no. Y no hablo de esas, porque creo las cosas importantes de la vida no necesitamos razonarlas. Generalmente se nos plantan delante de la nariz y el único camino a seguir en esos casos, es adelante.

¿Retroceder nunca, rendirse jamás? Y una mierda. A mí dejadme retroceder todas las veces que haga falta que seguro que acabo más adelante. Y las pajas mentales, por donde la cerveza sin alcohol y el café sin cafeína.

¡¡¡Es mi puta manada!!!

manadaLos que más me conocen (o más me leen) saben cuál es que mi talón de Aquiles: Mi manada. Mi manada es intocable. Mi manada es innombrable. Mi manada es mía. Punto. Soy yo la que se preocupa de que tengan un excelente pienso que comer. Aunque haya que recortar en otras cosas. Soy yo la que hace 60 kilómetros ida y vuelta cada vez que es necesario para llevarlos al veterinario. Porque quiero que tengan al mejor y Xavi, es el mejor. Y hemos tenido muchos veterinarios. Soy yo la que se lleva los arañazos cuando hay que darles medicación. Soy yo la que se levanta a darles de comer o beber. Soy yo la que cuando están malos duerme con un ojo abierto. Soy yo la que les limpia la arena dos veces al día. Porque es mi manada. Porque fueron ellos los que durante meses me dieron una razón para levantarme. Porque son ellos los que me miman. Porque son ellos los que me calientan la cama en invierno. Porque son ellos los que esperan en la puerta de casa cuando vuelvo del trabajo. De cualquiera de ellos. En cualquiera de mis locos horarios.  SIEMPRE. Ellos, no fallan. Jamás.

Porque es Argón el que me golpea la mano con la cabeza para que le haga mimos. Porque es Azrael el que me sigue hasta el baño para no dejarme jamás sola. Porque es Anya la que pierde el miedo por las noches y me exige regaloneos. Porque, en invierno, los 3 juntos son los que se encaraman al sofá para que entre todos nos hagamos entrar en calor.

Y cuando hablo de míos, lo hago con toda la propiedad. Son míos, aunque no los he comprado. Han llegado a mi vida, buscándolos entre tantos Bichos abandonados. O porque se me han aparecido enfermos y medio muertos en la calle de El Limbo. Por eso digo que son míos. Pero el punto es que yo, soy de ellos. Soy de ellos porque quiero. Soy de ellos porque ellos, son míos. Procuro ir con cuidado porque sé que mi manada, solo me tiene a mí. Nadie se hará cargo de ellos si a mí me pasa algo. Nadie se va a hacer cargo de una familia peluda numerosa. Y lo sé porque lo he vivido. Porque a mis Bichos ya los han abandonado más veces de las que ningún animal debería ser abandonado. Porque Anya se llevó toda la crueldad “humana” que ningún ser vivo merece. Y me cuido y los cuido y me cuidan. Somos manada. A todas. Para todas. Para siempre.

La semana pasada estuvimos a nada de perder a un miembro de la manada. Argón casi se me va. Y cuando digo casi, es casi. No es una exageración de aficionada a la literatura. No. Argón casi se muere. Y casi nos deja la mesa, coja. Creo que la más coja, habría sido yo. No estoy preparada para que ningún miembro de la manada emprenda viajes de ningún tipo. No tienen permiso. NI DE COÑA. Mi manada es de 4 y estamos trabajando todos a una para que sea así. Los 4. Porque  ahora que Argón está más pachucho, estamos todos a por él, dentro de nuestras posibilidades, claro está 😉

Entonces os voy a pedir que no me digáis jamás “es solo un gato“. Os voy a pedir que nunca me volváis a sugerir que los miembros de mi manada son reemplazables. Os voy a pedir que no insinueis que no debería haberme gastado tanto en veterinario. Y sobre todo, por encima de todo, os voy a pedir que os lavéis la puta boca con cianuro antes de hablar de mi manada. Mi manada y yo vivimos muy tranquilos y así queremos seguir.

Cagaprisas al volante

Siempre os digo que no me gusta que se me peguen al culo en la carretera. Ni que me metan prisas. No por nada. Es peligroso. Para todos. No voy a ir más rápido porque tú no fuiste capaz de levantarte 10 minutos antes. Yo sí me levanto con tiempo para no tener que ir con el reloj en el culo. Tanto,  que me da tiempo a empezar a escribir esto en el parking del trabajo. Así que a las 5 de la mañana puedes ir a estresar a tu puta madre.

Por qué os cuento esto. Fácil. Esta mañana ¿madrugada? me tocó un cagaprisas de esos. En una zona de curvas y de noche. Oscuro. Pegado a mi culo e intentando adelantarme, pese a ir a la velocidad máxima permitida. Pese a que solo hay un carril en cada dirección. Pese a la línea continua y pese a que no se veía un pijo.  Pegado a mi culo. Literalmente. A veces creo que lo que buscan es que te hagas a un lado para poder pasar. O que aceleres. Pues no. Te jodes y te quedas ahí. Porque yo no corro por nada. Ni por nadie. Ya me he dado muchas hostias en coche.

Pues un par de kilómetros más adelante, casi me choca por detrás. Y no lo hizo porque a mí me dio tiempo a cambiarme de carril y frenar. No por nada. No por placer. Justo en una curva había un coche que acababa de chocar. Iba en dirección contraria, pero estaba en nuestro carril. Parado. Con las luces apagadas y sin las luces de emergencia encendidas. Casi me lo como. Y el de atrás, casi me come a mí.  Si hubiese podido adelantarme donde quería, se hubiese comido el coche. Y probablemente se habría llevado por delante al otro conductor, que se había bajado y no llevaba el chaleco reflectante.

Quiero pensar que el que había chocado estaba un poco tarado del golpe y por eso estaba a las 5 de la mañana a oscuras en mitad de la carretera con trozos de su coche en la mano. Me paré a su lado, bajé la ventanilla y le pregunté si estaba bien y si necesitaba algo. Dijo que sí. Y que no. Estaba un poco lelo. O pedo, no lo tengo claro. Antes de seguir, le pedí que encendiera las luces de emergencia. No sé si lo hizo, espero que nadie se lo llevara por delante. Creo que no, aunque no lo creáis he estado revisando internet para saber si hubo un accidente más gordo después de que yo pasara. Nada. Por suerte.

Al imbécil que llevaba atrás se le tienen que haber puesto de corbata. Siguió lo que quedaba de camino a una distancia prudente y se le acabaron las ganas de adelantar. Tengo claro que también se dio cuenta de que se la podía haber pegado. O que podría haber atropellado a otra persona. Y por qué. Por llegar al trabajo a la hora. O por llegar a casa 5 minutos antes. O por dormir 10 minutos más. No sé a vosotros, pero a mí, no me vale la pena. No se me va la vida por cinco minutos. Ni por 10.

 

Cuestión de educación

A ver. En serio. Qué pasa con la educación y los buenos modales. Estoy casi segura de que os habrán enseñado de pequeños. Es fácil. Se saluda, se da las gracias, se pide por favor. Por ejemplo. Así, a voz de pronto. En algún punto, se os olvidó. Pero hay una que me jode más. Porque además de ser una muestra de “me la soplas”, es también de una escasez de educación tan abismal, que es indignante. Si yo le pregunto a alguien cómo está es porque de verdad me interesa saber cómo está. Ya me conocéis. No suelo ser cínica ni falsa. Si no me interesa, no pregunto. Si pregunto es por una preocupación e interés real en el estado de esa persona. O porque ha estado jodido o ha tenido un problema o simplemente hace mucho que no sabía de esa persona y quiero. Saber, digo. Y te contestan, claro que te contestan. A la gente le encanta hablar de ellos, sobre todo de sus problemas. Y cuando acaban su monólogo, a petición tuya… ¡SE DESPIDEN! Sin un “¿y tú?”

Venga. En serio. Puedo entender que no os importe una mierda. Puedo entender que tengáis vidas tan trepidantes que no os permitan preocuparos por lo que pasa o deja de pasar en El Limbo. Y la verdad, que no os importe, me la sopla. Porque a quien le tiene que importar, le importa. Lo que me jode, profundamente, es que no podáis preguntar ni por educación. Lo más probable es que conteste que todo va de puta madre y me despida. Yo decido cuándo y a quién le cuento “cómo estoy”. Más que nada porque sé que la mayoría de la gente lo pregunta por educación. Por quedar bien. Porque aún no han olvidado lo que sus padres les han enseñado. Pero da igual. Preguntan. Hacen gala de tener, al menos, educación. Pero el que no es capaz de preguntar “y tú” es el mismo gilipollas subido que no da los buenos días cuando entra en algún lugar. Es el mismo dios terrenal que es incapaz de darle las gracias a la cajera del supermercado que le metió las cosas en la bolsa sin tener que hacerlo. Es el mismo pelotudo que no pide por favor nada porque asume que es tan mega crack que el favor, nos lo hacen ellos dejándonos servirles para algo.

Así son. Esos son. No falla. Los años me han ayudado a comprobarlo. Y esa gente, lamento ser yo quien os lo diga, jamás va a aportar nada a nuestras vidas, porque no les interesa. No quieren saber nada que no esté en su pequeño y perfecto mundo, en el que ellos son los reyes, los emperadores y los directores de orquesta. La pena, es que no se han dado cuenta de que en ese pequeño mundo, solo están ellos. Ellos y los bufones que necesitan seguirles el juego. Lo siento, pero conmigo, no contéis. Ni ahora ni nunca.

Decisiones sobre 4 ruedas

Lo de venir en coche cada día a currar me hace mal. Me hace mal porque tengo demasiado tiempo para pensar. Y para darle vueltas a las cosas. Y como soy como soy, pues pasa lo que pasa. Que tomo decisiones amparada por el volante del coche. Eso fue lo que pasó hoy. A las 5 y pico de la mañana tuve un momento de lucidez. Me di cuenta de que a veces para intentar ganar un combate hay que dejarse perder un round. Y eso es exactamente lo que pienso hacer.
Es un “combate” que data de largo. Y he intentado de todas las maneras posibles, ganarlo. Porque creo que ese triunfo no será solo mío, sino de todos los que estamos en el ring. Porque es un resultado beneficioso que nos aportará compañía, cariño y amistad. Pero ya me di cuenta de que no puedo. Porque he sido muy blanda. Porque yo he pasado por el aro cada vez que alguien tenía que hacerlo. Porque he cedido en beneficio de los otros. Porque he cedido en detrimento mío. Durante años. 
Y hoy, esta mañana, me he dado cuenta de que se acabó. De que finalmente la única manera de demostrar lo que quiero, es desaparecer. Desaparecer en una fecha muy señalada. Muy señalada y muy a mi pesar. Porque no quiero faltar, pero debo. Debo hacerlo para que el puto combate se acabe. Debo hacerlo, aunque me joda, porque creo que traerá a la larga, cosas buenas para todos. O no. Quizás esté equivocada, que tampoco sería la primera vez. Pero así al menos, si estoy equivocada y pierdo el round y el combate, no será porque no lo haya intentado. Será simplemente porque tenía que ser. Y podré dejar de desgastarme emocionalmente con un tema que no tenía futuro.
 
Esas son las decisiones de mierda que jamás queremos tomar. Esas que alargamos y a las que les buscamos excusas para no tomarlas. Esas que nos van a causar pena, pero que a la larga, valdrá la pena… o no. Esperemos que sí. Esas son las decisiones que yo tomo en el coche. Las que tomo a las 5 de la mañana. Esa que debería haber tomado hace 5 días. Esa que llevo rumiando desde entonces. Incluso desde hace un poco más. Y es hoy. Es ahora. Ahora me toca desaparecer para poder ser presencia. Porque a veces las cosas son más difíciles de lo que parecen y las decisiones más putas de los que querríamos. Pero es así. A veces para intentar ganar un combate hay que dejarse perder un round. Y yo, me voy a dejar perder.

Vivo tranquila y así quiero seguir

Vivo tranquila. Muy tranquila. Vivo en un pueblo pequeño en el que nadie se mete con nadie, pero que nos ayudamos si lo necesitamos y nos preocupamos por nuestros abuelos que viven solos, pero por sobre todo, vivimos tranquilos. Esa era la idea cuando busqué casa. Playa y tranquilidad. Venía de vivir toda la vida en capitales enormes. Venía de meses convulsos. Venía hasta la polla. Las cosas como son. Y en ese momento necesitaba lo que un pequeño pueblo me podía dar. Y lo sigo necesitando. Pensé que jamás me haría a ello, pero sí. Ya no podría vivir en una ciudad de nuevo. Ni puedo ni quiero.
No me meto con nadie. Mi casa dejó de parecer un hostal y ahora solo viene a mi casa quien yo quiero que venga. Ya no hago las cosas por cumplir con nadie, sólo conmigo. Por lo tanto a mi casa, solo viene gente que quiero. Gente en la que confío y con la que estoy a gusto. Y, sobre todo, gente que me respeta. Porque a mi casa no puedes venir a insultarme.
Y de esa misma manera, mi blog, es mi casa virtual. Y aunque yo me lo tome medio a guasa, no puedes venir a mi casa a insultarme. No puedes no por mí, porque a mí, me la bufa. No puedes por respeto a la gente que visita esa casa para pasar un buen rato. No puedes porque es mezquino y rastrero esconderse en el anonimato de las redes para soltar la bilis que llevas dentro. No puedes porque aunque no se note, estoy segura de que tus padres te habrán educado y se les caería la cara de vergüenza si supieran lo que haces.
No puedes venir a mi casa a insultarme porque crees que me conoces. Que sea una persona muy activa en las redes sociales no te hace conocerme. Que te puedan haber contado uno o dos cuentos sobre mí, tampoco. Básicamente porque si te crees que MI VIDA está en las redes sociales, además de cobarde, eres tonto. En las redes sociales está aquello que yo quiero que esté. Está esa parte de mi vida que me da igual compartir. El resto, me lo quedo. Me lo quedo para mí, para mis amigos y para mi familia. Y si tengo o no tengo pareja, si follo o dejo de follar, o si me hice lesbiana en el camino, es algo que no verás en las redes  sociales.
Y  vivo tranquila. Y, aunque sea algo imposible de comprender para una persona como tú, vivo feliz. Porque vivo cómo quiero, dónde quiero y con quién quiero. Porque hago lo que quiero y no molesto a nadie. Y de esa misma manera, exijo que no se me moleste. Exijo que se respete mi derecho a ser feliz como estime conveniente. Exijo respeto para mí y para los míos. Y lo exijo porque es lo que doy.
Así que, con toda la educación que me han dado mis padres, y no, no hablo de la que se paga (que también), hablo de la que te dan en casa, te pido que salgas de mi casa. Que salgas y que cierres la puerta por fuera. Que busques una afición distinta más provechosa que ir soltando tu amargura en mi casa. Lee, teje o hazte una paja. Lo que quieras, pero fuera de mi casa. Y por favor, no me contestes. Ni te voy a dar de comer de nuevo, ni te voy a contestar más. Tampoco quiero saber quién eres. Ni a que dedicas el tiempo libre. Con lo que sé, sé bastante. A más ver. SÉ FELIZ.